La Semana Santa cordobesa vive uno de sus momentos más solemnes cada Jueves Santo. La cofradía de Jesús Nazareno en Córdoba inicia su estación de penitencia cuando la luz de la tarde comienza a declinar. Esta hermandad no realiza una procesión cualquiera, pues arrastra siglos de historia por el empedrado. De hecho, sus raíces se hunden en el antiguo hospital de San Bartolomé, documentado ya en el año 1490. Por este motivo, la devoción al Nazareno nació inseparable de la caridad y la asistencia a los necesitados.
Historia y carácter asistencial
La figura del Beato Padre Cristóbal de Santa Catalina marcó un hito en 1673. Su ingreso en la cofradía selló para siempre el espíritu caritativo que define a la institución hasta hoy. Durante siglos, la hermandad sirvió de refugio y socorro ante epidemias y carestías. Asimismo, la imagen de Jesús Nazareno en Córdoba avanza con la cruz al hombro como lo hace desde el siglo XVI. Su cortejo destaca por la austeridad de sus hábitos negros y un silencio que sobrecoge a la ciudad.
Un equilibrio de fe en la calle
Por otro lado, María Santísima Nazarena acompaña al Señor aportando un equilibrio sereno e íntimo. Aunque se incorporó como titular en el siglo XX, ya resulta inseparable del relato devocional de la hermandad. Igualmente, el cortejo prescinde de bandas de música para centrarse en la oración y el recogimiento. En consecuencia, el itinerario por el corazón histórico se convierte en una escena viva de la historia cordobesa. La entrada en su templo, ya de noche cerrada, devuelve al barrio el eco de una penitencia cumplida.
Esta procesión del Jueves Santo no busca deslumbrar. Busca permanecer. Y lo consigue. Porque cada año, cuando el Nazareno vuelve a cruzar Córdoba, la ciudad no asiste a un desfile, sino a una escena viva de su propia historia.