Otro rasgo característico de aquellos años era la prohibición de vender bebidas alcohólicas durante los días centrales de la Semana Santa. Las tabernas debían cerrar sus puertas, aunque la realidad mostraba una convivencia tácita entre la norma y la picaresca: postiguillos entornados, entradas secundarias y una discreta tolerancia por parte de las autoridades.
En poco menos de sesenta años, la Semana Santa en Córdoba ha experimentado una transformación profunda. No se trata únicamente de cambios estéticos o de la incorporación de nuevas hermandades a los desfiles procesionales, sino de una evolución social que ha ido modificando el concepto mismo de devoción, recogimiento y vivencia comunitaria de estos días sacros.
Muchas de aquellas costumbres populares, hoy desaparecidas, formaban parte del pulso cotidiano de la ciudad y ayudaban a entender la Semana Santa como algo más que un espectáculo procesional.

Altares domésticos y la Semana Santa de barrio
Durante décadas, el Jueves Santo era una jornada de intensa actividad en los barrios populares. Los vecinos levantaban pequeños altares domésticos ante los que se velaba al Señor en la noche de su Pasión. Estos altares se instalaban en el interior de las casas o tras las rejas que daban a la calle, permitiendo que cualquiera pudiera contemplarlos al pasar.
Salir a recorrer los “altaritos” la tarde y noche del Jueves Santo y del Viernes Santo era una costumbre profundamente arraigada. No faltaban los cantaores de saetas, que se detenían ante las imágenes de crucificados y dolorosas para cantar con emoción contenida. Era una Semana Santa íntima, cercana, vivida a escala humana y vecinal.
Recogimiento, prohibiciones y picaresca
Otro rasgo característico de aquellos años era la prohibición de vender bebidas alcohólicas durante los días centrales de la Semana Santa. Las tabernas debían cerrar sus puertas, aunque la realidad mostraba una convivencia tácita entre la norma y la picaresca: postiguillos entornados, entradas secundarias y una discreta tolerancia por parte de las autoridades.
El objetivo era claro: evitar excesos y mantener un clima de recogimiento acorde con la conmemoración de la Pasión y Muerte del Redentor. En esa misma línea, se empañaban las cristaleras de cafés y casinos para impedir que el ambiente interior distrajera a quienes recorrían iglesias y sagrarios. Con el paso del tiempo, estas prácticas se perdieron, y hoy bares y tabernas forman parte natural del itinerario de espera de las procesiones.
La visita a los sagrarios: elegancia y solemnidad
Uno de los actos más tradicionales del Jueves Santo era la visita a los sagrarios. Las mujeres, ataviadas con mantilla negra, y los hombres, vestidos de riguroso negro, recorrían las iglesias en un ambiente de solemnidad y silencio. Aquella imagen, elegante y profundamente simbólica, se ha ido diluyendo con los años.
Hoy la mantilla permanece, pero casi exclusivamente vinculada a los cortejos procesionales, perdiendo su presencia en ese ritual más personal y reflexivo que era la visita a los templos.
El estruendo del Sábado Santo y la Resurrección anunciada
El Sábado Santo tenía un protagonista inesperado: la chiquillada. Los niños recorrían las calles arrastrando latas, cacharros y utensilios metálicos, generando un ruido ensordecedor que simbolizaba el anuncio de la Resurrección. Las pandillas competían entre sí, sumando cada vez más chatarra a su particular “instrumento”, en disputas donde ganaban los más fuertes o los más hábiles.
Era una tradición ruidosa, espontánea y comunitaria, difícil de imaginar hoy, pero profundamente integrada en la vivencia popular de la Semana Santa.
El “Juas” y el Domingo de Resurrección
En algunos barrios, el Domingo de Resurrección se celebraba con la creación del “Juas”, un muñeco de trapo que representaba a Judas. Vestido de forma estrafalaria y con el rostro pintado de demonio, era manteado, abucheado y acompañado de coplillas satíricas hasta su completa destrucción. Participaban vecinos de todas las edades, reforzando el carácter colectivo de la celebración.
Penitencias muy particulares
No faltaban tampoco las costumbres más heterodoxas. Algunos hombres cordobeses se marchaban desde el Miércoles Santo hasta el Domingo de Resurrección a una finca, alejados de la familia, en lo que llamaban con sorna “irse de penitencia”. La disciplina incluía peroles interminables, vino de Montilla y, al caer la tarde, saetas dedicadas más a Baco que a los titulares de las cofradías.
Contexto histórico y pérdida del espíritu cofrade
Muchas de estas costumbres se explican por el escaso espíritu santero que durante mucho tiempo caracterizó a Córdoba. Las normas dictadas por el obispo Trevilla en 1820, que limitaban las procesiones al Viernes Santo, supusieron un golpe definitivo a la tradición cofrade heredada de los siglos XVII y XVIII. La Semana Santa sobrevivió, pero lo hizo adaptándose, transformándose y, en muchos casos, perdiendo expresiones populares que hoy solo perviven en la memoria.
Mirar al pasado para entender el presente
Conocer estas tradiciones no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de comprender mejor la identidad cultural de la ciudad y la evolución de su Semana Santa. Para quienes visitan Córdoba por motivos profesionales, institucionales o culturales, entender este contexto añade una capa de profundidad a la experiencia.