La historia de la Cofradía de la Expiración, como es conocida popularmente, está estrechamente ligada a la devoción histórica al Cristo de la Expiración, documentada ya en la antigua collación de San Nicolás de la Ajerquía. Durante los siglos XVII y buena parte del XVIII, la hermandad fue una de las más activas y populares del barrio, formando parte del pulso cotidiano de la Córdoba barroca.
Sin embargo, como ocurrió con otras corporaciones históricas, la devoción fue decayendo progresivamente hasta desaparecer a mediados del siglo XIX, quedando el culto centrado exclusivamente en la imagen del Crucificado.
El punto de inflexión llegó a comienzos del siglo XX gracias al impulso del padre claretiano Antonio Pueyo del Val, quien promovió el traslado del Cristo —entonces venerado en la Iglesia de San Francisco— al Convento de San Pablo. El traslado se materializó en 1904 y permitió recuperar el arraigo dominico de la devoción.
Este hecho fue determinante para que, en 1918, se produjera la reorganización de la antigua hermandad penitencial, volviendo a realizar estación de penitencia en la tarde del Viernes Santo. Ese mismo año se incorpora la imagen actual de María Santísima del Silencio, configurando el núcleo devocional de la cofradía contemporánea.
En 1956, la hermandad protagonizó un hito histórico al decidir que su cortejo descendiera por la Cuesta del Bailío, convirtiéndose en la primera cofradía cordobesa en atravesar este enclave urbano, hoy inseparable de su identidad visual y emocional.
Otro momento clave se produjo en 1973, con la llegada de Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos, impulsada por Fray Ricardo de Córdoba y Rafael Zafra. Esta incorporación supuso un auténtico revulsivo devocional y patrimonial para la cofradía, reforzando la tradición rosariana ligada históricamente al convento dominico.
La Expiración ha sido además una hermandad pionera en múltiples ámbitos:
- primera en instalar caseta propia en la Feria,
- impulsora de la primera cuadrilla de hermanos costaleros en Córdoba
- y referente en la vivencia de la hermandad durante todo el año, idea defendida ya en los años sesenta por su hermano mayor José Flores.
El reconocimiento institucional a esta trayectoria llegó en 1993, cuando, con Manuel Recio como hermano mayor, el obispo José Antonio Infantes Florido concedió la Coronación Canónica a Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos, con motivo del 75º aniversario de la reorganización de la cofradía. La coronación se celebró el 31 de octubre de 1993, subrayando la continuidad de una devoción secular profundamente enraizada en San Pablo.