La tarde del Sábado de Pasión, el barrio de Fátima se convierte en un umbral simbólico entre la vida cotidiana y la Semana Santa. Desde el Centro Cívico de Levante, la Hermandad de la O inicia su Estación de Penitencia, llevando a las calles una devoción joven en años pero profundamente arraigada en su entorno.
Abre el cortejo Nuestro Padre Jesús de la Victoria en sus Tres Caídas, imagen que encarna el agotamiento extremo del camino al Gólgota. El paso de misterio, acompañado por Simón de Cirene y un sayón, avanza con andar firme, subrayado por los sones de la Agrupación Musical del Santísimo Cristo de Gracia, que aportan solemnidad y pulso narrativo al discurrir del Señor. La escena invita al silencio atento, a la lectura interior del esfuerzo y la entrega.
Tras Él, bajo palio, María Santísima de la O irradia una serenidad expectante. Su advocación, vinculada al tiempo de la esperanza, encuentra en esta jornada un eco especial. El palio, en fase de ejecución, combina terciopelos y bordados con una estética sobria que dialoga con la emoción del barrio. La Banda de Música Villa de Osuna acompaña a la Dolorosa con un repertorio que envuelve la procesión en un clima de recogimiento y cercanía.
La procesión, de unas cuatro horas de duración, recorre las calles del entorno antes de culminar en la Parroquia de la Virgen de Fátima, en un regreso que se vive como celebración compartida. Vecinos, familias y hermanos conforman un marco humano que explica el sentido de esta cofradía: una Semana Santa que nace desde lo local, que se construye con perseverancia y que encuentra en el Sábado de Pasión su voz propia.
Más que un preludio, la salida de la Hermandad de la O es una declaración de identidad. Una manera de decir que la Pasión también se escribe en los barrios, con pasos aún jóvenes, fe reciente y una ilusión que camina sin prisa, pero con rumbo.