Falla y el flamenco
En su texto “El cante jondo. Cante primitivo andaluz” (1922), escrito con motivo del Concurso de Cante Jondo de Granada, Manuel de Falla aborda el cante jondo no como folklore superficial, sino como una expresión esencial del alma de Andalucía y una de las manifestaciones musicales más antiguas y puras de Europa.
Falla parte de una idea central:
la música primitiva de los pueblos es un lenguaje directo del dolor, el anhelo y la emoción profunda, y por tanto una vía privilegiada para comprender su espíritu. Desde ahí, propone un acercamiento respetuoso al “cante primitivo andaluz”, entendiendo el cante jondo como un fenómeno cultural de enorme trascendencia histórica.
En su análisis identifica tres grandes influencias históricas en el origen del cante jondo:
El canto litúrgico bizantino, adoptado por la Iglesia española durante siglos, del que derivan modos tonales primitivos, el uso del enharmonismo y la ausencia de ritmo métrico fijo.
La herencia musical árabe-andalusí, especialmente visible en las formas rítmicas de danza que perviven en sevillanas, seguidillas o zapateados.
La aportación decisiva del pueblo gitano, asentado en Andalucía desde el siglo XV, que aporta una nueva modalidad expresiva y emocional: ahí nace propiamente el cante jondo.
Para Falla, estas influencias no se superponen sin más, sino que se funden en un fondo andaluz primigenio, dando lugar a una música nueva, única e irrepetible.
Define el cante jondo como un conjunto de cantes cuyo modelo más puro es la siguiriya gitana, de la que derivan polos, martinetes y soleares. Frente a ellos, distingue el flamenco moderno (malagueñas, granadinas, rondeñas, sevillanas, etc.), que considera una evolución posterior y menos esencial.
Uno de los aspectos más importantes de su pensamiento es la comparación del cante jondo con los cantos primitivos de Oriente, incluso con músicas de la India. Falla encuentra coincidencias claras:
Uso del enharmonismo y microvariaciones de la voz ligadas a la palabra.
Ámbito melódico reducido, pero de enorme riqueza expresiva.
Reiteración obsesiva de notas que disuelve el ritmo métrico.
Ornamentación contenida, usada solo en momentos de máxima carga emocional.
Interjecciones y gritos de ánimo del público, comunes a culturas orientales.
Aun así, Falla insiste en que el cante jondo no es una música importada, sino el resultado de una acumulación histórica secular que lo convierte en algo profundamente andaluz, íntimo y nacional.
Finalmente, lanza una advertencia rotunda:
el cante jondo auténtico está en peligro de desaparición, degradado por lo que él llama el “flamenquismo” moderno, que adultera y banaliza sus elementos esenciales. Esa preocupación es el motor del Concurso de 1922: rescatar, proteger y devolver dignidad al cante jondo como uno de los grandes tesoros culturales de Andalucía y de Europa.
