Si hoy paseas por la Avenida de Vallellano, lo único que escucharás es el tráfico y el murmullo de la ciudad. Pero hace poco más de medio siglo, los vecinos de esta zona se iban a dormir con un sonido que helaba la sangre: el rugido de un león africano.
No, no se había escapado ningún animal de un circo. Ese león vivía tranquilamente en una casa del barrio de San Basilio, y su dueño era una de las figuras más fascinantes y desconocidas de nuestra historia reciente: Juan Barasona Santaló.
Un Indiana Jones a la cordobesa
Nacido en el año 1900, Juan Barasona fue lo que podríamos llamar un «hombre del Renacimiento». Hijo del también artista Antonio Barasona, Juan heredó un talento descomunal para las artes.
Fue un taxidermista prodigioso —suyo es el trabajo del toro que mató a Manolete— y un orfebre capaz de cincelar Cristos en plata y oro con una maestría envidiable.
Pero Juan no se conformaba con el taller. Su espíritu inquieto le llevó a solicitar permisos para explotar minas de plomo en Hornachuelos, como la mina «Santa Ena» en 1954, y a embarcarse en safaris legendarios.
Viajó a Kenia (1950) y Tanganica (1960) acompañando al Marqués del Mérito. Allí, lejos de Córdoba, se ganó un apodo de película: «El Mago Calvo». ¿La razón? Salvó valientemente al hijo de un jefe tribal del ataque de una leona, enfrentándose a ella a corta distancia.
El Arca de Noé en el Alcázar Viejo
Sin embargo, lo que realmente convirtió a «Juanito» en una leyenda urbana fue su casa en el Barrio del Alcázar Viejo. Lejos de tener un perro o un gato, Juan compartía su hogar con una fauna que hoy sería impensable:
• Un águila real.
• Un chimpancé llamado «Panchito».
• Y, por supuesto, el león.
Según cuentan los testimonios de la época, el león había sido criado con una perra, lo que lo hacía relativamente dócil… dentro de lo que cabe. Vecinos que vivían de espaldas a San Basilio recuerdan todavía hoy cómo los rugidos retumbaban por la noche desde la hondonada donde el animal descansaba.
El día que el león se «murió» de miedo
A pesar de su imponente aspecto, la vida doméstica había ablandado al rey de la selva. Una de las anécdotas más divertidas —y surrealistas— ocurrió en la finca «La Baja», en Hornachuelos.
Juan solía llevarse al león a las monterías cuando era más joven.
En una ocasión, el animal se asustó tanto con el ajetreo de la caza que corrió a refugiarse dentro de la casa, escondiéndose debajo de un armario. El pobre animal tenía tanto miedo que, literalmente, se hizo sus necesidades allí mismo. Una imagen que rompe cualquier estereotipo de ferocidad.
El origen del Zoo de Córdoba
Esta colección privada de animales no fue solo una excentricidad. En 1966, consciente del valor de sus ejemplares, Juan Barasona ofreció su «pequeño zoo» al entonces alcalde, Antonio Guzmán Reina, proponiendo la creación de un parque municipal.
Gracias a su donación e iniciativa, el Ayuntamiento puso en marcha el proyecto. Tristemente, Juan falleció el 11 de junio de 1967, apenas un año antes de ver su sueño cumplido. El Parque Zoológico de Córdoba se inauguró el 15 de mayo de 1968, llevando inicialmente el nombre de «Parque Zoológico Juan Barasona» en su honor.
Hoy, cuando visites el Zoo o pasees por San Basilio, recuerda que hubo un tiempo en el que la aventura y lo exótico vivían, literalmente, en la casa de al lado.