Las llamadas Normas del obispo Trevilla marcan uno de los episodios más determinantes, y menos conocidos, de la historia de la Semana Santa de Córdoba. Su aplicación, a comienzos del siglo XIX, provocó un profundo retroceso en la vida cofrade, hasta el punto de poner en riesgo la continuidad misma de las procesiones en la ciudad.
Contexto histórico
En 1820, en un clima de fuerte inestabilidad política heredado de los reinados de Carlos IV y Fernando VII, el Real y Supremo Consejo de Castilla emitió una Carta Orden (18 de febrero) instando a las autoridades civiles a colaborar con los obispos en la reorganización de las procesiones de Semana Santa. El objetivo era evitar altercados, excesos y manifestaciones consideradas poco decorosas.
En este contexto, el entonces obispo de Córdoba, Pedro Antonio de Trevilla, promulgó en mayo de 1820 un Reglamento de obligado cumplimiento en toda la diócesis.
Una sola procesión para toda la ciudad
La medida más drástica fue la reducción de todas las procesiones de la capital a una única procesión, que debía celebrarse en la tarde del Viernes Santo. El cortejo partía de la Parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos y realizaba estación de penitencia en la Catedral, algo que se consideraba litúrgicamente imprescindible.
Se estableció un itinerario fijo por calles hoy plenamente reconocibles del casco histórico, y se determinó qué pasos podían procesionar, limitándolos exclusivamente a los grandes misterios de la Pasión: Oración en el Huerto, Flagelación, Nazareno, Caído, Crucificado, Santo Sepulcro y las Vírgenes de las Angustias y la Soledad.
Restricciones severas
El reglamento imponía una concepción austera y controlada de la religiosidad pública:
- Prohibición expresa del palio.
- Eliminación de imágenes secundarias, personajes bíblicos, ángeles, virtudes o representaciones simbólicas.
- Prohibición del uso de túnicas, capirotes, soldadesca romana o elementos llamativos.
- Vestimenta común para cofrades y devotos, aunque “con decencia y decoro”.
- Canto exclusivo del Miserere, sin acompañamiento musical más allá de voces graves.
Incluso se regulaba quién podía portar las imágenes: el Cristo yacente debía ser llevado por clérigos, mientras que el resto quedaba a cargo de los hermanos.
Control civil y pérdida de identidad
Para garantizar el orden público, el reglamento establecía la presencia obligatoria de la Real Justicia en el cortejo. Además, desde 1821, el Ayuntamiento de Córdoba asumió la organización y financiación de esta única procesión oficial, siempre bajo la supervisión episcopal.
El resultado fue una Semana Santa despersonalizada, sin identidad propia de las hermandades, privada de símbolos externos y muy alejada del sentir popular. Aunque el reglamento se aplicó con rigor en la capital, en muchos pueblos de la diócesis su cumplimiento fue más laxo.
Un siglo de apatía
Las consecuencias fueron duraderas. Durante gran parte del siglo XIX y comienzos del XX, las procesiones desaparecieron o quedaron reducidas a mínimos, especialmente en periodos convulsos como los comprendidos entre 1859, 1868 y 1874, o durante la II República.
La Semana Santa cordobesa entró en una fase de apatía y desinterés, con pocas cofradías activas y sin capacidad de renovación. Esta situación se prolongó, con altibajos, hasta la Guerra Civil de 1936.
Recuperación en el siglo XX
A partir de 1940, gracias al impulso del Ayuntamiento, de nuevos grupos cofrades y, más adelante, de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de Córdoba, la Semana Santa inició un proceso de recuperación progresiva.
Volvieron las procesiones desde el Domingo de Ramos hasta el de Resurrección, se multiplicaron las hermandades y la ciudad recuperó, con esfuerzo y tiempo, una tradición que había estado prácticamente anulada durante más de un siglo.
Un episodio clave para entender la Semana Santa actual
El Reglamento del obispo Trevilla explica por qué la Semana Santa de Córdoba tuvo que reconstruirse casi desde cero en el siglo XX. Lejos de ser un simple episodio normativo, supuso una ruptura profunda con la tradición anterior y dejó una huella duradera en la memoria cofrade de la ciudad.
Entender este periodo es esencial para comprender el valor que hoy se concede a la pluralidad de hermandades, a la identidad de los barrios y a la riqueza simbólica de una Semana Santa que, tras mucho tiempo, logró volver a ser expresión viva de la ciudad.
